Una mirada crítica sobre una intendenta que lleva años en el centro de la política local. Hay cosas que funcionan y otras que todavía esperan una respuesta. Entre ambas aparece una pregunta inevitable: ¿qué hizo Cañuelas con tantos años de un mismo proyecto político?
Hay ciudades en las que la política cambia con cada elección. Llegan unos, se van otros, aparecen caras nuevas y los nombres que durante años ocuparon las primeras páginas terminan convertidos en recuerdos de una época. Cañuelas, en cambio, tiene una particularidad: desde hace muchos años existe una figura que permanece en el centro de la escena política, atravesando gobiernos nacionales, cambios de signo en la Provincia, internas partidarias y hasta terremotos dentro del propio peronismo. Esa figura es Marisa Fassi.
Fassi no llegó ayer a la Municipalidad. Fue concejal, ocupó distintos cargos dentro del Ejecutivo, fue jefa de Gabinete durante la gestión de Gustavo Arrieta, ejerció como intendenta interina y finalmente llegó a la intendencia por el voto popular, siendo reelegida posteriormente. Su permanencia no puede explicarse solamente por las estructuras partidarias: también existe una parte importante del electorado que decidió acompañarla en las urnas. Ese dato merece ser respetado, incluso por quienes cuestionan duramente su administración.
Pero precisamente porque lleva tantos años vinculada al gobierno municipal, la discusión sobre Fassi ya no puede limitarse a preguntarnos si hizo alguna obra o si consiguió ganar una elección. A un dirigente que recién comienza se le puede conceder tiempo, margen y expectativa. A quien lleva años administrando los destinos de una ciudad se le debe pedir algo diferente: resultados, planificación, transparencia y, sobre todo, respuestas sobre aquello que todavía no se resolvió.
Una ciudad que efectivamente cambió
Sería fácil escribir una editorial contra Fassi enumerando únicamente los problemas de Cañuelas. También sería bastante poco serio. La realidad es más compleja y cualquier análisis que pretenda ser creíble tiene que reconocer aquello que funciona.
Cañuelas cambió y buena parte de ese cambio está relacionado con la expansión industrial, el crecimiento del Parque Industrial y la llegada de nuevas inversiones. En los últimos años se anunciaron nuevos emprendimientos productivos y logísticos, mientras el Municipio intentó posicionar al distrito como un lugar estratégico para empresas que buscan instalarse cerca de los grandes corredores de circulación. En agosto de 2026, por ejemplo, fueron anunciados nuevos proyectos logísticos sobre la Ruta 205 con una expectativa de generación de puestos de trabajo. Ese crecimiento representa una oportunidad que Cañuelas no debería desperdiciar.
Porque detrás de cada empresa que llega hay algo mucho más importante que una fotografía de funcionarios frente a un cartel. Hay trabajadores que pueden conseguir un empleo, comercios que pueden vender más, familias que pueden mejorar sus ingresos y jóvenes que eventualmente pueden encontrar en su propia ciudad una oportunidad que antes debían buscar en Buenos Aires o en otros municipios. Si Cañuelas logra convertir su ubicación estratégica en empleo genuino y actividad económica sostenida, habrá dado un paso enorme.
También sería injusto desconocer las obras de infraestructura, los programas de acceso a la tierra, las políticas vinculadas con seguridad y las gestiones realizadas ante Provincia y Nación. La administración de Fassi tiene una agenda concreta y puede exhibir resultados. El problema aparece cuando esa enumeración de logros pretende convertirse en una respuesta suficiente frente a todos los cuestionamientos.
Porque gobernar no consiste únicamente en hacer cosas. También consiste en decidir prioridades, administrar recursos y explicar por qué algunas necesidades avanzan mientras otras permanecen durante años esperando.
El verdadero examen empieza después de la inauguración
En la política argentina existe una costumbre bastante particular: una obra comienza a existir políticamente mucho antes de que exista físicamente. Primero aparece el anuncio, después el cartel, luego la recorrida del funcionario, posteriormente la fotografía y finalmente, si todo sale bien, la obra. El problema es que después de la inauguración comienza la parte menos fotogénica de la gestión: mantenerla, controlarla, evaluar si funciona y comprobar si realmente resolvió el problema para el que fue construida.
En Cañuelas ocurre algo parecido. Una ciudad que crece necesita mucho más que nuevas inversiones y obras aisladas. Necesita una planificación que contemple qué va a pasar dentro de cinco, diez o quince años. Si llegan industrias, habrá más camiones y más tránsito. Si aparecen nuevos barrios, habrá más demanda de transporte, escuelas, centros de salud, recolección, iluminación y seguridad. Si aumenta la población, también crecerá la presión sobre las calles y sobre un sistema sanitario que ya representa una de las preocupaciones permanentes de los vecinos.
Ese es uno de los grandes desafíos que enfrenta Fassi: demostrar que el crecimiento de Cañuelas no está ocurriendo simplemente porque el territorio se expande, sino porque existe una estrategia para acompañarlo. Una ciudad puede crecer en cantidad de habitantes y, al mismo tiempo, empeorar su calidad de vida. El verdadero desarrollo aparece cuando ambas cosas avanzan juntas.
Y después llega la boleta
Hay una palabra que suele producir bastante menos entusiasmo que «obra»: impuestos. La obra se inaugura; el impuesto llega por correo, por correo electrónico o aparece en una pantalla de computadora. La diferencia es bastante sencilla.
Durante los últimos años los vecinos de Cañuelas experimentaron fuertes incrementos en las tasas municipales. Para 2025 se aprobó una modificación que llevó el aumento del módulo municipal a niveles superiores al 200%, generando críticas de sectores opositores y preocupación entre comerciantes y contribuyentes. En 2026, además, comenzó a aplicarse una tasa vial vinculada al combustible comercializado en las estaciones de servicio del distrito.
El Municipio tiene argumentos para defender esas medidas. Mantener calles, prestar servicios, sostener estructuras municipales y financiar determinadas políticas públicas cuesta dinero, especialmente en un contexto en el que los municipios reciben menos recursos de otras jurisdicciones. Pero también es razonable que el vecino haga una pregunta que no tiene nada de revolucionaria: ¿qué recibe a cambio de todo lo que paga?
Porque el ciudadano no vive dentro de una planilla presupuestaria. Vive en una calle determinada, utiliza un servicio determinado, lleva a sus hijos a una escuela determinada y necesita atención médica en un hospital determinado. Si las tasas aumentan considerablemente, la exigencia sobre el Estado municipal también debería aumentar en la misma proporción.
Y aquí aparece una cuestión que Fassi debería tomar como un desafío y no como una agresión: cuanto más paga el vecino, más derecho tiene a exigir que el Estado le explique qué hace con ese dinero.
El problema no siempre está en Nación
Fassi tiene razón cuando señala que las decisiones del Gobierno nacional tuvieron consecuencias sobre los municipios. La paralización de determinadas obras públicas, la reducción de transferencias y el cambio de prioridades del Estado nacional impactaron en numerosas ciudades bonaerenses, no solamente en Cañuelas. La intendenta ha utilizado reiteradamente ese argumento para cuestionar al gobierno de Javier Milei y reclamar la continuidad de obras que considera necesarias para el distrito.
Pero existe un límite que cualquier intendente debería conocer: llega un momento en que ya no se puede explicar todo por lo que hace o deja de hacer el Presidente.
Si una obra depende directamente de Nación, es razonable responsabilizar a Nación. Si depende de Provincia, corresponde reclamarle a Provincia. Pero cuando hablamos de tránsito, mantenimiento de determinados espacios públicos, funcionamiento de áreas municipales, ordenamiento urbano, atención de reclamos o administración de recursos locales, la responsabilidad tiene otro domicilio.
Y ese domicilio es la Municipalidad de Cañuelas.
Después de tantos años de gobierno, sería saludable que el oficialismo pudiera decir alguna vez: «Esto no salió bien y tenemos que corregirlo». La autocrítica no debilita a un gobierno. En realidad, puede ser una de las señales más claras de madurez política.
El Hospital Marzetti y esa discusión que nunca termina
Hay cuestiones que en Cañuelas aparecen una y otra vez en las conversaciones de los vecinos. El Hospital Ángel Marzetti es una de ellas. No solamente por su importancia sanitaria, sino porque representa uno de los lugares donde la administración municipal deja de ser una cuestión abstracta y se convierte en una experiencia concreta.
El vecino que necesita atención no quiere saber demasiado sobre la discusión presupuestaria entre Municipio y Provincia. Quiere ser atendido. Quiere conseguir un turno. Quiere encontrar profesionales. Quiere que una guardia funcione cuando la necesita. Y quiere que los recursos destinados al sistema sanitario lleguen efectivamente a donde tienen que llegar.
La discusión de las rendiciones de cuentas también mostró diferencias entre oficialismo y oposición respecto de la situación financiera municipal y hospitalaria. Allí aparece otro problema que no debería ser utilizado únicamente como munición partidaria: un municipio puede mostrar determinados números positivos en sus cuentas generales y, al mismo tiempo, tener áreas que requieren mayor atención y recursos.
La pregunta entonces no debería ser simplemente si existe superávit o déficit. Debería ser qué significa ese resultado para la vida cotidiana de los vecinos.
Porque un millón de pesos de superávit no atiende a un paciente. Lo que atiende es un sistema organizado, con recursos suficientes, profesionales y capacidad de respuesta.
La transparencia no debería molestar a nadie
Existe otra cuestión que merece especial atención: la información pública.
Cada vez que se discute una rendición de cuentas, el oficialismo defiende su gestión y la oposición cuestiona determinados gastos o procedimientos. Es parte del juego democrático. Lo que no debería formar parte de ese juego es que el acceso a la información necesaria para controlar al gobierno se convierta en una disputa política.
Un vecino no debería necesitar ser contador, concejal o militante para comprender cómo se utiliza el dinero municipal. Y si la información es compleja, el Estado debería hacer un esfuerzo por explicarla.
La transparencia no significa solamente publicar un documento en una página web. Transparencia significa que un ciudadano pueda encontrar la información, entenderla y utilizarla para evaluar al gobierno. Significa que quien administra recursos públicos debe aceptar que esos recursos pueden ser examinados por cualquiera.
En este punto, Fassi debería ser particularmente cuidadosa. No porque exista necesariamente algo ilegal detrás de una determinada decisión, sino porque el poder prolongado necesita controles más fuertes que el poder circunstancial.
Fassi sabe construir poder
Si hay algo que no puede discutirse es la capacidad política de Marisa Fassi. Ha logrado mantenerse en el centro de la política cañuelense durante un período extraordinariamente prolongado y sobrevivió a cambios políticos que hicieron desaparecer a muchos dirigentes de la escena.
Eso requiere habilidad. Requiere conocer el territorio, construir relaciones, mantener una estructura y entender cómo funciona la política bonaerense. También requiere saber esperar. En una época en la que muchos dirigentes duran lo que dura una elección, Fassi consiguió construir continuidad.
Pero existe una paradoja.
La misma capacidad para construir poder puede transformarse en una debilidad cuando el poder se vuelve demasiado cómodo.
Cuando un espacio político permanece demasiado tiempo gobernando, puede aparecer una sensación peligrosa: la de creer que la continuidad electoral equivale automáticamente a aprobación de cada una de sus decisiones. Y no es así.
Un vecino puede votar a Fassi porque considera que es la mejor alternativa disponible y, al mismo tiempo, cuestionar una tasa, una obra, una política de seguridad o una decisión administrativa.
El voto no es un cheque en blanco.
Pero la oposición tampoco puede mirar desde la tribuna
Ahora bien, tampoco sirve construir una editorial en la que Fassi aparezca como la responsable de todos los males de Cañuelas. La oposición tiene una enorme responsabilidad y, hasta ahora, no siempre ha conseguido transformarla en una alternativa convincente.
Es relativamente sencillo señalar que una tasa es cara, que una calle está rota o que una obra está demorada. Mucho más difícil es explicar cómo se financiaría una reducción de tasas, qué gastos deberían eliminarse, qué políticas deberían sostenerse y cuáles deberían modificarse.
Una oposición que solamente denuncia termina convirtiéndose en comentarista de la realidad. Y Cañuelas necesita algo más que comentaristas: necesita dirigentes capaces de presentar un proyecto alternativo, convencer a los vecinos y demostrar que están preparados para gobernar.
Fassi tiene una ventaja enorme en ese terreno: conoce la Municipalidad desde adentro y lleva años construyendo una identidad política. Para desplazarla, la oposición no puede limitarse a decir que ella está equivocada. Tiene que explicar por qué ellos lo harían mejor.
La ciudad ya no es la misma
Quizás esta sea la discusión que deberíamos tener con mayor urgencia.
Cañuelas ya no es aquella ciudad que muchos recuerdan. La cercanía con Buenos Aires, la autopista, la Ruta 205, el crecimiento industrial y la expansión inmobiliaria modificaron definitivamente el escenario. Lo que antes podía resolverse con una lógica de pueblo hoy requiere una estructura municipal preparada para administrar una ciudad en crecimiento.
Eso significa pensar el tránsito antes de que colapse, ordenar el crecimiento urbano antes de que sea imposible hacerlo, prever infraestructura antes de que falte, generar empleo antes de que la población dependa exclusivamente de viajar a Buenos Aires y fortalecer los servicios municipales antes de que la demanda los desborde.
Fassi tiene frente a sí una oportunidad que pocos intendentes tuvieron: puede ser la dirigente que acompañó la transformación de Cañuelas desde un municipio periférico hacia una ciudad integrada a uno de los corredores económicos más importantes de la provincia.
Pero para eso tendrá que hacer algo más que administrar el presente.
Tendrá que planificar el futuro.
El poder no es eterno
Hay algo que la política suele olvidar y que los vecinos recuerdan perfectamente: ningún gobierno dura para siempre.
Puede durar cuatro años. Puede durar ocho. Puede durar doce. Puede incluso atravesar generaciones políticas. Pero finalmente llega el momento en que los ciudadanos vuelven a mirar las boletas y se preguntan si quieren continuar por el mismo camino.
Fassi ha conseguido que su presencia en la política local parezca casi natural. Para buena parte de Cañuelas, pensar en el Municipio es pensar en ella. Pero justamente por eso es saludable que el debate político comience a imaginar también el día después, no necesariamente porque Fassi deba irse, sino porque una democracia necesita saber que existen alternativas capaces de reemplazar al que gobierna.
La alternancia no significa que un gobierno haya sido malo. Significa que ningún dirigente es dueño de una ciudad.
Cañuelas pertenece a sus vecinos.
Entonces, ¿qué queda después de tantos años?
Queda una gestión con obras, inversiones y políticas que merecen reconocimiento, pero también con problemas que continúan esperando solución. Queda una ciudad que creció y que necesita una planificación mucho más ambiciosa. Queda un sistema tributario que debe ser discutido con mayor profundidad. Queda un hospital que necesita respuestas permanentes. Queda una oposición que todavía tiene que demostrar que puede ser algo más que oposición.
Y queda Marisa Fassi.
Con sus aciertos y sus errores, con su capacidad política, con sus adversarios y con sus seguidores, con una trayectoria que ya forma parte de la historia reciente de Cañuelas.
Por eso la crítica hacia Fassi no debería consistir en repetir que «todo está mal». Eso sería tan poco serio como afirmar que «todo está bien». El verdadero periodismo local tiene que ser capaz de reconocer una obra cuando está bien hecha y, al mismo tiempo, preguntar por qué una obra necesaria todavía no se hizo.
Tiene que poder reconocer que una industria genera empleo y, al mismo tiempo, preguntar qué impacto tendrá sobre el tránsito y los servicios. Tiene que reconocer que mantener las calles cuesta dinero y, al mismo tiempo, preguntar por qué el vecino debe pagar cada vez más. Tiene que reconocer que Nación y Provincia pueden perjudicar a Cañuelas con sus decisiones y, al mismo tiempo, recordar que el Municipio también tiene responsabilidades propias.
Ese equilibrio es incómodo.
Pero justamente por eso es necesario.
Porque una ciudad no necesita un periodismo que aplauda al intendente ni uno que lo ataque por deporte. Necesita periodistas que hagan preguntas que quizás nadie quiera contestar.
Y después de tantos años de un mismo proyecto político, hay una pregunta que parece inevitable:
¿Fassi todavía está administrando la Cañuelas que existe, o está preparada para gobernar la Cañuelas que viene?
La respuesta no la va a dar un comunicado de prensa, una sesión del Concejo Deliberante ni una publicación en redes sociales.
La van a dar las calles, el hospital, las industrias, los comercios, los trabajadores, los jubilados, los jóvenes que buscan una oportunidad y, finalmente, los vecinos cuando vuelvan a entrar al cuarto oscuro.
Porque el poder puede durar muchos años.
La paciencia de los vecinos, en cambio, tiene sus propios tiempos.
CAÑUELAS EN RED
Información en primera persona


















