La Caja Negra: magia, absurdo y el desafío de volver a encender el fuego

Hay propuestas teatrales que sorprenden por lo que cuentan y otras que lo hacen por la manera en que consiguen involucrar al público. La Caja Negra, el proyecto teatral del Instituto Cultural Cañuelas, consigue ambas cosas a través de una propuesta dividida en dos tiempos, con dos obras muy diferentes entre sí, pero atravesadas por un elemento común: la sorpresa.

El proyecto, dirigido por Verónica Abdo y coordinado por Marcos Piray, propone que los alumnos que participan del taller puedan mostrar periódicamente su trabajo sobre el escenario. En esta oportunidad, la propuesta reunió a Analía Cartasegna, Nito Martini, Majo Galli, Ana Belén Capistrano y Soraya Alcoba.

Y el resultado es una tarde de teatro que vale la pena.

Primero, la magia

La primera parte de La Caja Negra es un espectáculo de magia protagonizado por Alejandro Abdo que rápidamente consigue generar complicidad con el público.

La propuesta invita a mirar, intentar descubrir el truco y, finalmente, aceptar que durante un rato lo mejor es dejarse sorprender. Hay algo casi infantil —en el mejor sentido de la palabra— en esa sensación de no saber exactamente cómo ocurrió aquello que acabamos de ver.

La magia funciona porque nos obliga a abandonar, aunque sea por unos minutos, la lógica cotidiana. Y ese juego se convierte en la puerta de entrada a la segunda parte del espectáculo.

Después, el absurdo

El cambio de registro es evidente.

La segunda obra se mete de lleno en el terreno de los vínculos, la pareja y la rutina. Un marido decide llevar a su hogar una sorpresa con la intención de reavivar el fuego de la relación. Lo que podría parecer, en principio, un gesto destinado a recuperar la pasión termina convirtiéndose en una situación completamente inesperada.

Y allí aparece el absurdo.

La obra toma algo tan reconocible como las dificultades de una pareja para escapar de la rutina y lo lleva hacia un terreno disparatado, donde las situaciones, los personajes y las reacciones generan buena parte del humor.

El público puede reconocer algo de la vida cotidiana en ese universo, pero visto desde una perspectiva exagerada y deliberadamente absurda. Y quizás allí esté una de las claves de la propuesta: reírnos de aquello que, fuera del escenario, muchas veces nos tomamos demasiado en serio.

Dos obras, una misma idea

Lo interesante de La Caja Negra es precisamente el contraste.

Primero, la magia propone una ilusión: hacer posible lo imposible. Después, la comedia plantea otra clase de ilusión: intentar recuperar aquello que alguna vez estuvo encendido.

Dos lenguajes diferentes, pero unidos por la sorpresa y por la necesidad de que el espectador se entregue al juego.

La propuesta demuestra además la importancia de estos espacios de formación artística. Porque un taller de teatro no termina cuando se apagan las luces del ensayo: también se completa cuando los actores se enfrentan al público, prueban, se arriesgan y descubren qué sucede cuando aquello que trabajaron durante meses finalmente cobra vida sobre un escenario.

La Caja Negra es, en definitiva, una invitación a dejarse sorprender. Primero por la magia. Después por el absurdo. Y, en el medio, por un grupo de actores que encuentran en el escenario un espacio para jugar, crear y compartir.

Eso sí, el espectáculo cambia de acuerdo a la función, por lo que asistir de nuevo se vuelve una sorpresa absoluta. Por ello, estamos seguros de que la próxima estaremos ahí para descubrir qué habrá dentro de La Caja Negra.

Una propuesta sencilla, cercana y entretenida que deja una sensación agradable al salir de la sala: la de haber pasado un buen momento y, al mismo tiempo, haber descubierto que detrás de algo aparentemente cotidiano siempre puede esconderse una pequeña historia capaz de sorprendernos.

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