TENGO DEPRESIÓN Y APRENDÍ QUE NO SIEMPRE PUEDO SOLO

Una crónica en primera persona sobre lo que pasa durante una crisis, sobre la falsa idea de que quien tiene depresión debería tener “motivos” para estar bien y sobre algo que tardé mucho en aceptar: soy más frágil de lo que creía.

Por Nilo Medina — Director de Cañuelas en Red

Hay algo extraño en escribir sobre depresión cuando uno tiene depresión. Escribir implica ordenar las palabras, intentar encontrarle un sentido a lo que pasa, convertir una experiencia confusa en algo que pueda ser entendido por otra persona. Pero la depresión, al menos como yo la vivo, muchas veces es exactamente lo contrario: es estar adentro de algo que no tiene demasiado orden ni explicación.

Hoy, en el Día Mundial para la Prevención del Suicidio, decidí hacer algo que durante mucho tiempo me costó: dejar de hablar de la depresión como si fuera una enfermedad que les ocurre a otros y contar cómo se siente cuando te ocurre a vos.

Tengo depresión.

Y no, no significa que esté triste todo el tiempo.

Tampoco significa que mi vida sea un desastre.

De hecho, quizás una de las cosas que más me costó entender fue que puedo tener proyectos, trabajar, escribir, dirigir un medio, tener personas que quiero, recibir cariño, reírme, hacer planes y, aun así, atravesar una crisis depresiva.

Desde afuera puede parecer una contradicción.

Desde adentro no lo es.


HAY DÍAS EN LOS QUE DESPERTARSE YA ES UN ESFUERZO

En un día de crisis, muchas veces lo primero que aparece no es un pensamiento sino una sensación. Me despierto y siento que algo está mal, aunque no haya sucedido nada esa mañana que pueda explicar por qué. El cuerpo parece pesar más de lo habitual, la cabeza funciona con una lentitud extraña y las cosas que normalmente hago casi automáticamente empiezan a requerir una negociación conmigo mismo.

Me levanto porque tengo que levantarme. Trabajo porque tengo que trabajar. Respondo mensajes porque alguien está esperando una respuesta. Hago lo que tengo que hacer, incluso puedo hacerlo relativamente bien, y durante ese tiempo cualquiera que me vea podría pensar que estoy perfectamente.

Ahí está una de las trampas de la depresión.

Uno puede funcionar.

Yo puedo funcionar.

Puedo estar hablando con alguien, hacer un chiste, escribir una nota, tener una conversación interesante y, al mismo tiempo, sentir por dentro que estoy completamente apagado.

No siempre hay lágrimas. No siempre hay una cama en la que uno permanece todo el día. A veces hay una persona que sigue cumpliendo con sus obligaciones mientras internamente está tratando de reunir la energía suficiente para atravesar las próximas horas.

Y hay algo todavía más difícil de explicar: a veces hago cosas que sé que deberían hacerme bien y no siento nada.

Escucho música que me encanta y no siento lo mismo. Trabajo en algo que durante otros momentos me entusiasma y me resulta indiferente. Salgo, hablo, me río, consigo algo que quería y puedo reconocer intelectualmente que debería estar contento, pero emocionalmente la respuesta no aparece.

Es como saber que algo debería producir una determinada sensación y descubrir que esa sensación no llega.

Y ahí aparece una pregunta que puede ser muy cruel:

¿Qué me pasa si tengo todo esto y no puedo disfrutarlo?


“PERO TENÉS TODO PARA ESTAR BIEN”

Esta es probablemente una de las frases que más daño pueden hacerle a alguien con depresión, aunque muchas veces sea pronunciada con la mejor intención.

“Pero tenés pareja.”

“Tenés familia.”

“Tenés amigos.”

“Tenés trabajo.”

“Tenés plata.”

“Tenés proyectos.”

“Hay gente que te quiere.”

Todo eso puede ser cierto.

Y nada de eso garantiza que una persona no tenga depresión.

Durante mucho tiempo yo también intenté encontrar una explicación lógica. Si tenía personas que quería, si tenía cosas por hacer, si tenía proyectos, si tenía oportunidades, entonces supuestamente debería estar bien. Y cuando no lo estaba, además del sufrimiento aparecía la culpa.

La culpa de no poder disfrutar.

La culpa de sentirme mal.

La culpa de pensar que quizás estaba siendo un desagradecido.

Con el tiempo entendí que una enfermedad no funciona de esa manera. Nadie le dice a una persona con una enfermedad física que debería curarse porque tiene una familia que la quiere. Nadie espera que una pierna fracturada vuelva a funcionar porque alrededor hay personas que la aman.

Con la depresión, sin embargo, todavía hacemos algo parecido.

Pensamos que el amor debería ser suficiente.

Que una familia debería ser suficiente.

Que el dinero debería ser suficiente.

Que tener trabajo debería ser suficiente.

Y cuando no alcanza, muchas veces culpamos al enfermo.

“Tenés que poner de tu parte.”

Quizás una persona deprimida justamente está poniendo todo lo que tiene de su parte para hacer algo que para los demás parece sencillísimo: levantarse de la cama y atravesar el día.


LO QUE DESCUBRÍ SOBRE MÍ

La depresión también me obligó a conocer aspectos de mí que probablemente nunca hubiera querido mirar.

Uno de ellos fue mi impulsividad.

Empecé a observar algo que se repetía: cuando me sentía vacío, apagado o particularmente mal, aparecía una necesidad de buscar algo que me sacara de ese estado inmediatamente. Una compra, una decisión impulsiva, una actividad, una novedad, cualquier estímulo que pudiera generar aunque fuera por un rato una sensación diferente.

Al principio lo interpretaba simplemente como una característica de mi personalidad.

“Soy impulsivo.”

Y punto.

Pero empecé a preguntarme qué había detrás de esa conducta.

Con el tiempo entendí que podía existir una relación entre ese impulso de buscar recompensas inmediatas y la necesidad de mi cerebro de encontrar estímulos que me hicieran sentir algo. No diría que la depresión es simplemente “tener poca dopamina”, porque sé que es bastante más compleja que eso, pero sí descubrí en mí una búsqueda constante de recompensa, novedad o alivio inmediato cuando me encontraba emocionalmente apagado.

Y descubrirlo cambió algo.

Porque cuando uno no entiende por qué hace algo, el impulso parece una orden.

Cuando empieza a reconocer el patrón, aparece una pequeña distancia entre el deseo y la acción.

Y en esa distancia aparece el autocontrol.

Hoy, cuando siento ese impulso, puedo preguntarme qué estoy buscando realmente. Si estoy tomando una decisión porque realmente la quiero o porque necesito desesperadamente sentir algo diferente. No siempre gano esa discusión, pero ahora al menos sé que existe.

Para mí, descubrirlo fue importante.

La depresión no solamente me mostró mis zonas oscuras; también me obligó a desarrollar herramientas para conocerlas.


TAMBIÉN DESCUBRÍ QUE SOY FRÁGIL

Esta quizás sea una de las cosas que más me costó aceptar.

Yo siempre tuve la idea de que tenía que poder solo.

Resolver.

Trabajar.

Seguir.

Aguantar.

Encontrar una solución.

Y durante mucho tiempo confundí eso con fortaleza.

Hasta que entendí que hay momentos en los que estar solo no me hace más fuerte.

Me hace peor.

Hay días en los que mi cabeza me pide aislamiento. Quiero desaparecer de las conversaciones, apagar el teléfono, no responder, no ver a nadie y encerrarme en mí mismo. Y, paradójicamente, aprendí que precisamente en esos momentos es cuando más necesito estar acompañado.

Eso fue difícil de aceptar porque implica reconocer una limitación.

No siempre puedo estar solo.

Y sí, me reconozco débil en ese aspecto.

No lo digo para glorificar la debilidad ni para convertirla en una identidad. Lo digo porque aprendí que negar una limitación no la hace desaparecer.

Si sé que durante una crisis el aislamiento puede empeorar las cosas, entonces necesito construir alrededor mío un espacio que me permita atravesarla.

Por eso busco tener un círculo seguro.

No necesito estar rodeado de veinte personas. Necesito saber quiénes son esas pocas personas a las que puedo llamar cuando estoy mal, aquellas con las que no tengo que explicar demasiado, aquellas a las que puedo decir simplemente “hoy no estoy bien” sin sentir que estoy molestando.

Aprendí que eso también es tratamiento.

No reemplaza a un profesional, por supuesto. Pero el vínculo humano puede ser una especie de baranda cuando uno está caminando por un lugar oscuro.


HAY UNA PARADOJA QUE ME COSTÓ ENTENDER

Cuando estoy mal, muchas veces quiero desaparecer de todo el mundo.

Y al mismo tiempo necesito desesperadamente que alguien esté cerca.

Parece contradictorio, pero no lo es.

Quiero dejar de responder mensajes, pero necesito saber que alguien está ahí.

Quiero encerrarme, pero no quiero sentirme completamente solo.

Quiero que nadie me pregunte nada, pero necesito que alguien pueda darse cuenta de que no estoy bien.

Esa contradicción forma parte de la experiencia.

Y por eso creo que acompañar a una persona deprimida requiere algo más que decirle “acá estoy” y desaparecer. A veces significa respetar que no quiera hablar, pero permanecer disponible. A veces significa sentarse al lado sin intentar solucionar nada. A veces significa ayudarla a atravesar unas horas.

Y otras veces significa tomar muy en serio lo que está diciendo.

Especialmente cuando aparece la idea de desaparecer.


HABLAR DE SUICIDIO NO ES DARLE IDEAS A NADIE

Hay una razón por la que hoy estoy escribiendo esto.

Porque la prevención del suicidio no debería limitarse a un cartel una vez al año.

Tenemos que poder hablar de lo que pasa antes.

De la depresión.

Del aislamiento.

De la desesperanza.

De la sensación de vacío.

De esa experiencia de mirar la propia vida y no encontrarle sentido durante una crisis.

Hablar de eso no significa que una persona vaya necesariamente a suicidarse. Y tampoco significa que toda persona con depresión tenga pensamientos suicidas.

Pero sí significa que debemos poder preguntar.

“¿Cómo estás realmente?”

Y, cuando la respuesta sea “mal”, no conformarnos automáticamente con un “bueno, ya se te va a pasar”.

Preguntar puede abrir una puerta.

Escuchar puede abrir otra.

Y conseguir ayuda profesional puede abrir una tercera.


NO QUIERO QUE ME TENGAN LÁSTIMA

Contar esto públicamente no significa que quiera que me miren como una persona rota.

No estoy roto.

Tengo una enfermedad y estoy aprendiendo a convivir con ella, tratarla y reconocer sus señales.

Sigo trabajando.

Sigo escribiendo.

Sigo teniendo proyectos.

Sigo queriendo a las personas.

Sigo teniendo días buenos.

Y también tengo días malos.

Las dos cosas pueden coexistir.

Quizás eso sea precisamente lo que más necesitamos entender sobre la depresión: una persona no deja de ser ella misma porque está deprimida.

No se convierte en su diagnóstico.

No deja de ser inteligente.

No deja de ser capaz.

No deja de amar.

No deja de tener proyectos.

No pierde automáticamente todo aquello que construyó.

Simplemente está atravesando algo que puede ser muy difícil de explicar para quien nunca lo experimentó.


SI TENÉS DEPRESIÓN, NO NECESITÁS JUSTIFICARLA

No necesitás tener una tragedia para estar deprimido.

No necesitás haber perdido a alguien.

No necesitás estar solo.

No necesitás ser pobre.

No necesitás haber tenido una vida terrible.

No necesitás estar atravesando una separación.

No necesitás que tu familia sea un desastre.

Podés tener una pareja maravillosa y estar deprimido.

Podés tener hijos a los que amás profundamente y estar deprimido.

Podés tener amigos.

Podés tener dinero.

Podés tener trabajo.

Podés tener una casa.

Podés tener proyectos.

Podés tener absolutamente todo aquello que desde afuera parece necesario para ser feliz y, aun así, sentir un vacío que no sabés explicar.

Y eso no significa que no valores lo que tenés.

Significa que estás enfermo.


Y SI HOY ESTÁS EN UNA CRISIS

No voy a decirte “pensá positivo”.

Tampoco voy a decirte que mañana todo va a estar bien.

Prefiero decirte algo mucho más concreto: si estás atravesando una crisis, no tomes decisiones definitivas desde el peor momento de tu vida.

Buscá a alguien.

Llamá a esa persona con la que construiste tu círculo seguro.

Decile claramente que no estás bien.

Buscá ayuda profesional.

Si sentís que podés hacerte daño o que estás en peligro inmediato, acudí a una guardia o contactá de inmediato a los servicios de emergencia de tu localidad.

No hace falta tener un discurso preparado.

Podés decir simplemente:

“Estoy mal y necesito que estés conmigo.”

A veces esa frase alcanza para empezar.


HOY SÉ QUE NO PUEDO SOLO

Quizás esta sea la conclusión más importante a la que llegué después de todo este tiempo.

Durante años pensé que ser fuerte era poder solo.

Hoy creo que ser fuerte también puede significar reconocer cuándo uno no puede.

Yo soy impulsivo en determinados momentos y aprendí a observar esa conducta para poder controlarla. Soy frágil en otros y aprendí que necesito personas alrededor. Hay momentos en los que quiero aislarme y aprendí que justamente entonces necesito buscar compañía. Hay días en los que puedo trabajar, producir y funcionar normalmente y otros en los que necesito bajar el ritmo.

No me gusta admitir algunas de esas cosas.

Pero son verdad.

Y aceptar la verdad sobre uno mismo también puede ser una forma de cuidarse.

Por eso estoy construyendo mi círculo seguro.

Personas a las que pueda acudir.

Personas que sepan que a veces no necesito consejos.

Personas que puedan quedarse.

Personas a las que también pueda decirles cuando estoy bien, no solamente cuando estoy mal.

Porque no quiero que mi vida consista en sobrevivir crisis.

Quiero vivir.

Y quizás esa sea una diferencia importante.

No estoy escribiendo esto porque haya encontrado una solución mágica para la depresión.

Estoy escribiendo porque aprendí a reconocerla.

Aprendí que puede engañarme.

Aprendí que puede hacerme creer que estoy solo cuando no lo estoy.

Aprendí que puede hacerme buscar alivios inmediatos.

Aprendí que puedo necesitar a otros.

Aprendí que pedir ayuda no me hace menos hombre, menos profesional, menos capaz ni menos valioso.

Me hace una persona que entendió sus propios límites.

Y quizás eso sea lo que hoy quiero dejarle a quien lea esta nota.

Si tenés depresión, no tenés que demostrarle a nadie que tenés suficientes motivos para estar bien.

Y si conocés a alguien que la tiene, quizás no necesites encontrar las palabras perfectas.

A veces alcanza con dejar de preguntar:

“¿Por qué estás así si tenés todo?”

Y empezar a preguntar:

“¿Cómo puedo acompañarte?”

Porque hay batallas que no se ven.

Hay personas que sonríen mientras están luchando.

Y hay días en los que seguir acá ya fue un esfuerzo enorme.

Hoy escribo desde ese lugar.

No desde el lugar de alguien que tiene todas las respuestas.

Desde el lugar de alguien que aprendió que necesita ayuda, que necesita vínculos, que necesita cuidarse y que, incluso cuando una parte de su cabeza le pide desaparecer del mundo, otra parte sigue buscando una razón para quedarse.

Esa parte merece ser escuchada.

Nilo Medina
Director de Cañuelas en Red | Información en primera persona.

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