Editorial | La calle también llegó a los pueblos

Hay una imagen que empieza a repetirse en Cañuelas y que, quizás por eso mismo, deberíamos dejar de mirar como si fuera algo excepcional: una persona durmiendo en una plaza, refugiándose bajo un techo, permaneciendo durante horas en una esquina o recorriendo las calles con sus pocas pertenencias.

En una ciudad que todavía conserva muchas características de pueblo, estas escenas producen un impacto particular. Durante mucho tiempo asociamos la situación de calle con las grandes ciudades, con las estaciones de tren, con las avenidas interminables y con una pobreza que parecía pertenecer a otro paisaje. Pero esa frontera ya no existe. La calle también llegó a nuestros pueblos.

Y junto con ella llegó una pregunta que deberíamos hacernos como comunidad: ¿qué estamos haciendo frente a una realidad que cada vez resulta más visible?

Porque hay algo que se repite cuando hablamos de las personas que viven en la calle. Una frase que parece explicar todo y que, en realidad, no explica casi nada:

“Es un vago”.

“No quiere trabajar”.

“Si quisiera, conseguiría trabajo”.

Es una explicación sencilla. Demasiado sencilla para una realidad tan compleja.

Persona en situacion de calle. Representación gráfica.

La calle no empieza en la vereda

Una persona no necesariamente llega a dormir en una plaza de un día para el otro.

A veces primero pierde el empleo. Después deja de poder pagar el alquiler. Se acumulan las deudas. Se rompe un vínculo familiar. Aparece una enfermedad. Un problema de consumo. Una separación. Una situación de violencia. Una crisis económica.

Y una cosa empieza a empujar a la otra.

La calle suele ser el final visible de una historia que comenzó mucho antes.

El propio Estado reconoce que la situación de calle es un fenómeno multicausal, atravesado por dimensiones económicas, laborales, familiares, vinculares, sanitarias e institucionales.

Por eso resulta tan difícil comprenderla cuando solamente la observamos desde afuera.

Vemos a alguien durmiendo en una vereda y creemos conocer su historia.

Pero no la conocemos.

“No quiere trabajar”

Quizás uno de los prejuicios más instalados sea justamente ese.

Pero trabajar y poder salir de la situación de calle no siempre son sinónimos.

Una persona puede hacer changas, juntar cartón, vender productos, limpiar casas, cuidar autos, realizar trabajos temporarios o conseguir ingresos informales y, aun así, no alcanzar a pagar un alquiler.

El primer Relevamiento Nacional de Personas en Situación de Calle realizado en 2026 mostró precisamente una realidad mucho más heterogénea de la que suele aparecer en las conversaciones cotidianas: entre las personas relevadas había trabajadores informales, personas con ingresos parciales y trayectorias prolongadas de exclusión.

Entonces aparece una pregunta incómoda:

¿Cuánto tiene que ganar una persona para que podamos decir que trabajar le permite salir de la pobreza?

Porque una changa no garantiza estabilidad.

No garantiza aguinaldo.

No garantiza obra social.

No garantiza vacaciones.

Y, sobre todo, no garantiza una vivienda.

El trabajo necesita un lugar donde apoyarse

A veces decimos: “Que consiga trabajo y alquile”.

Pero ¿cómo consigue determinados empleos una persona que no tiene domicilio estable?

¿Cómo se presenta a una entrevista si no tiene ropa adecuada?

¿Cómo conserva un trabajo si duerme en una plaza?

¿Dónde guarda sus pertenencias?

¿Dónde se baña?

¿Dónde carga el teléfono que necesita para recibir una llamada laboral?

¿Qué sucede si trabaja de noche y el lugar donde duerme debe abandonarse durante el día?

Hay situaciones en las que el problema no es simplemente no querer trabajar.

Es que la exclusión se convirtió en un círculo del que resulta cada vez más difícil salir.

Cañuelas también tiene que mirar

En Cañuelas conocemos esta problemática de una manera distinta a una gran ciudad.

Acá todavía nos cruzamos varias veces con las mismas personas. Los comerciantes las reconocen. Los vecinos saben dónde suelen dormir. Alguien les acerca un plato de comida. Otro les lleva una frazada cuando llega el invierno.

Esa cercanía es una fortaleza.

Pero también puede convertirse en una trampa si pensamos que la solidaridad individual alcanza para resolver una problemática estructural.

Un vecino puede dar comida.

Otro puede dar ropa.

Otro puede ofrecer una cama durante una noche.

Pero ningún vecino puede reemplazar una política pública de vivienda, salud, asistencia social y reinserción laboral.

La solidaridad puede contener.

Pero no puede solucionar por sí sola.

El riesgo de acostumbrarnos

Hay algo todavía más preocupante.

Que nos acostumbremos.

Que dentro de unos años caminar por el centro de Cañuelas y encontrar personas durmiendo en una plaza nos parezca tan cotidiano como una parada de colectivo.

Que aprendamos a mirar hacia otro lado.

Que la pobreza extrema termine formando parte del paisaje.

No deberíamos acostumbrarnos.

Pero tampoco deberíamos caer en el extremo de negar los problemas que pueden existir alrededor de determinadas situaciones. La convivencia, la seguridad, la higiene y el uso del espacio público también son cuestiones legítimas que deben ser abordadas.

La diferencia está en cómo lo hacemos.

Una cosa es pedir respuestas del Estado. Otra muy distinta es pensar que una persona merece vivir en la calle.

Los pueblos también están cambiando

Durante mucho tiempo imaginamos que los grandes problemas sociales llegaban primero a las grandes ciudades y tardaban años en aparecer en los pueblos.

Hoy esa distancia se achicó.

El precio de la vivienda, la precarización laboral, la pérdida de ingresos, la ruptura de vínculos familiares y las distintas formas de vulnerabilidad también atraviesan a Cañuelas y a localidades similares del interior bonaerense.

Y existe una paradoja: en los pueblos podemos tener más cercanía entre las personas, pero muchas veces existen menos recursos especializados para enfrentar situaciones complejas.

Todos conocen el problema.

Pero no siempre existe un lugar donde resolverlo.

No se trata de romantizar la calle

Tampoco deberíamos idealizarla.

Vivir en la calle es una situación extremadamente vulnerable. Implica exposición al frío, hambre, violencia, enfermedades, robos, discriminación y una incertidumbre permanente.

Tampoco todas las personas que viven en la calle tienen la misma historia.

Hay quienes trabajan y quienes no consiguen hacerlo.

Hay quienes conservan vínculos familiares y quienes los perdieron.

Hay quienes llegaron recientemente y quienes llevan años.

Hay quienes aceptan asistencia y quienes desconfían de las instituciones.

No hay una sola historia.

Por eso tampoco puede haber una sola respuesta.

¿Y si antes de juzgar preguntáramos?

Quizás la pregunta no debería ser solamente:

“¿Por qué no trabaja?”

Quizás deberíamos preguntar:

¿Qué le pasó?

¿Cuánto tiempo lleva en la calle?

¿Tiene familia?

¿Tiene documentos?

¿Tiene dónde dormir esta noche?

¿Tiene trabajo?

¿Puede acceder a uno?

¿Necesita atención médica?

¿Tiene un problema de consumo?

¿Hay alguien que pueda ayudarlo?

Son preguntas mucho más difíciles.

Pero también son preguntas que nos permiten ver a una persona y no solamente una etiqueta.

Una historia detrás de cada carrito

Hay algo de todo esto que también atraviesa mi literatura.

En El carrito de Elías Kaminski, mi thriller marginal, intento entrar justamente en ese territorio que muchas veces preferimos observar desde lejos: la calle, los márgenes, la precariedad, la violencia, la supervivencia y los personajes que existen en los bordes de una sociedad que muchas veces no quiere verlos.

Elías es un personaje de ficción, pero su mundo nace de una realidad que existe.

Y quizás la literatura tenga justamente esa posibilidad: obligarnos a mirar durante algunas páginas aquello que en la vida cotidiana preferimos esquivar.

Por eso esta editorial no pretende cerrar una discusión. Pretende abrirla.

Los invito a leer, a hacerse preguntas y a mirar un poco más allá de la primera impresión. Porque detrás de alguien que hoy vemos durmiendo en una vereda puede haber una historia que todavía no conocemos.

Y quizás ahí esté el desafío para Cañuelas y para tantos pueblos que empiezan a convivir con una realidad que antes parecía lejana: no acostumbrarnos a la pobreza, no convertirla en paisaje y, sobre todo, no confundir exclusión con vagancia.

Porque una ciudad no se define solamente por sus calles, sus edificios y sus comercios.

También se define por lo que hace cuando alguien queda afuera de todo.

Con cariño,

Nilo Medina.

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